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El
feminismo latinoamericano se ha desarrollado en medio de la tensión
entre la utopía transformadora y los procesos concretos de organización
de las mujeres.
En
las luchas antidictatoriales el feminismo le formuló a las nuevas
democracias desafíos ineludibles, colocando en el escenario público
temas secretos y vergonzosos como el aborto, los golpes del
marido y el sexo entre las mujeres.
Fue
un movimiento de intelectuales y políticas de sectores medios que,
con tensiones y desencuentros, fue abriendo su espectro de inserción.
La diversidad tuvo cara y color y durante años se discutió y (aún
se discute) quién es o no es feminista. Estuvo y está en cuestión,
la identidad de un movimiento que se expande y transforma.
La
relación entre movimiento feminista y movimiento de mujeres ha ocupado
largas horas de debate y no pocos dolores y desencuentros. Sin embargo,
una propuesta política se valida cuando convoca a un espectro muy
amplio, cuando moviliza y pone en juego ese deseo intuitivo de las
mujeres de acercarse a la construcción de su propia identidad, de
su autonomía como persona.
Una
de los aspectos interesantes y peculiares que ha tenido en estos
20 años el feminismo en América Latina, es precisamente el haber
alimentado con sus búsquedas y reflexiones al movimiento amplio
de mujeres. Ningún movimiento político es espontáneo, ningún movimiento
político puede tener éxito si no acumula saberes; ningún movimiento
político ni social, tan profundamente cuestionador como el movimiento
de mujeres, puede perdurar sólo con voluntad.
La
voluntad es una parte del deseo, pero el deseo moviliza también
intelectos, creación cultural y teórica; y en ese sentido lo que
hemos acumulado en conocimiento, es una herramienta para el trabajo
político y el protagonismo de las mujeres. El conocimiento, en tanto
experiencia colectiva no se adquiere en los laboratorios, requiere
de la práctica política de las mujeres y ésta se da desde una multiplicidad
de espacios de organización.
Las
mujeres se organizan por una diversidad de motivos y aún cuando
muchos espacios que ocupan surgen como prolongación de su rol mas
tradicional, la presencia en espacios públicos, desarrolla procesos
de cambio fundamentales. Lo interesante, en este momento, es la
posibilidad de construir una agenda política pública que posibilite
el encuentro de los diferentes procesos y espacios de organización.
Colocar en la agenda pública los derechos sexuales y reproductivos,
la violencia doméstica, la exigencia y control de los compromisos
asumidos por los estados, potencia los procesos de autonomía de
las mujeres tanto individuales como colectivos, posibilitando el
ejercicio de sus derechos. De este deseo de participación, de esa
nueva agenda que a la vez crea y desarrolla el protagonismo político
de las mujeres surge un movimiento plural, muy amplio, muy diverso.
El trabajo político desarrollado por la articulación feminista en
América Latina y el Caribe, en torno a la convocatoria de la IV
Conferencia posibilitó jugar nuestras experiencias y saberes en
la construcción de una agenda de interlocución e interpelación con
los estados y las sociedades. La propuesta política feminista es
válida en la medida en que puede intervenir en las relaciones sociales
de hombres y mujeres, en las relaciones de poder, en el ejercicio
de derechos ciudadanos frente a los estados; y esa es la fuerza
que tiene como propuesta política.
Es
necesario, entonces, repensar la autonomía partiendo de la ambigüedad
con la que nuestra práctica política ha construido este concepto.
La
consolidación de espacios de organización autónomos del estado,
del sistema político, de la Iglesia, fue un elemento constitutivo
del movimiento feminista y posibilitó el desarrollo de un pensamiento
y una práctica política inédita. Sin embargo, muchas veces en este
proceso, los espacios de autonomía se convirtieron en espacios defensivos
y aislados, incapaces de interactuar con otros, perdiendo de alguna
forma su potencialidad transformadora.
La
autonomía como práctica no se puede reducir, como plantean Meynen
y Vargas, a un sólo espacio, ni a un tipo de organización, ni a
una demanda específica. "La autonomía es un proceso humano
y político que contiene una visión estratégica de futuro."
La
autonomía se pone en juego cuando es capaz de relacionarse con los
sistemas de poder. Porque la autonomía se ejerce y no es una condición
absoluta y eterna. Se ejerce autonomía cuando fortalecemos nuestra
capacidad propositiva, de negociación y de control.
Desde
este lugar de control estaremos en mejores condiciones de interpelar
a los Estados, de interpelarles desde nuestra autonomía. Como ciudadanas
queremos tener acceso a la información del Estado, como ciudadanas
queremos interpelar a cada ministro. Y es el ejercicio de ciudadanía
y de control ciudadano es el camino para fortalecer y ampliar los
espacios de poder. En nuestras sociedades no sólo somos la mujeres
las que no ejercemos nuestro derechos.
Tal
vez tengamos en este momento la posibilidad, de ampliar nuestros
espacios de alianzas desde estas experiencias de control ciudadano,
con otros movimientos y otros actores sociales.
Las
formas de organización de un movimiento hacen a sus objetivos, hacen
a las posibilidades de construir, de ampliar, de hacer alianzas,
de negociar.
La
construcción de un espacio democrático entre las mujeres, dentro
de¡ movimiento de mujeres y dentro del movimiento feminista
es, hoy por hoy, uno de los desafíos más interesantes, el de construir
relaciones democráticas de respeto, de tolerancia, de aceptación
de la diferencia.
¿
Cómo construimos democracia? El trabajo sobre las herramientas organizativas,
los criterios de representación, la elección de los liderazgos,
aparece como un tema fundamental para cualquier movimiento político
que quiera perdurar y no ser sólo un movimiento emergente de una
situación de crisis.
Nuestra
experiencia política y formas de organización surgen del cuestionamiento
a otras formas de organización y liderazgo, y otras estructuras.
En la horizontalidad y en los espacios sin jerarquías se
expresó la respuesta y la búsqueda de nuevas formas participativas
y humanas para la participación social y política. Sin embargo,
desde hace mucho, hemos aprendido que la horizontalidad no es mas
democrática, muchas veces es despótica y paralizante, en la medida
en que perdemos el derecho de ser personas, individuas diferenciadas
unas de las otras.
Todas
tenemos experiencias muy dolorosas en la construcción de¡ movimiento,
de rupturas y separaciones, de procesamientos subjetivos y personales
de las diferencias. Esas experiencias dolorosas son parte de nuestra
experiencia política y nos desafían a la búsqueda de herramientas
que nos permitan articulaciones mas flexibles, mas amplias, articulaciones
que a su vez encuentren mecanismos de representatividad, de acuerdos
y pactos, de reglas mas democráticas donde las capacidades individuales
se potencien en el grupo.
Construir
una agenda nacional implica priorizar y permite articulaciones amplias
y flexibles. No podemos seguir pensando las alianzas como una reunión
en torno a una mesa sino como articulación en torno a una agenda,
donde no hay necesariamente una única instancia organizativa.
Los
movimientos de demandas concretas expresan diversas estrategias
de participación desde las mujeres. Lo importante es que esas demandas
concretas se potencien en torno a una agenda política. Esto permite
un mayor impacto público y por tanto multiplica el efecto de miles
de acciones pequeñas que realizamos las mujeres en distintos ámbitos.
La agenda feminista para negociar la implementación de la Plataforma
es un instrumento, una herramienta para construir, a partir de ese
deseo de participación de las mujeres, una presencia más activa,
más sólida, más permanente, en el escenario político de cada uno
de nuestros países.
Así
como la Conferencia de Bejing nos colocó en el escenario internacional
y en el escenario mundial, y esa visibilización fortaleció el deseo
de protagonismo del mas amplio espectro de mujeres, hoy el desafío
es volver a lo nacional y a partir de lo nacional construir movimientos
de ejercicio de ciudadanía de las mujeres. La convocatoria a realizar
el seguimiento de los compromisos es una práctica política de democracia,
de ejercicio y ampliación de los derechos civiles y políticos.
Crear
un Indice de los Compromisos Cumplidos puede ser la bandera que
cada año levantemos para que los Estados se sientan interpelados,
para que las Conferencias Internacionales se conviertan en una herramienta
de las mujeres y no sólo una herramienta de los otros.
Esto
implica asumir varios desafíos ampliar los movimientos de mujeres
construir criterios de representatividad que garanticen la consolidación
de liderazgos, profundizar las agendas y los contenidos culturales
de las propuestas feministas.
La
radicalidad de la propuesta feminista no es sólo un discurso y el
desafío es cómo se inserta en el mas amplio espectro de mujeres
organizadas.
Para
no colocarnos desde el no poder, debemos ser capaces de percibir
y festejar nuestros logros, nuestras alianzas y pactos. Debemos
dejar de estar a la defensiva usando nuestras energías para impedir
que nos coopten y usarlas para construir más poder, más tolerancia
y más democracia.
Lilián
Celiberti
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