El
vestido es un mensaje dirigido a todos los que encontramos durante
la jornada. A veces, dicho mensaje es tan ambicioso que constituye
una opción ideológica (Los descamisados del
tiempo de Perón. los barbudos partidarios de Fidel
Castro constituyen sólo dos entre miles de ejemplos). Aquello
cuya finalidad es cubrir, también habla. Pero apenas
alcanza el 50 % de lo que usamos. El resto (accesorios, afeites,
perfumes, adornos) sirve exclusivamente para comunicar.
Prendas íntimas: signos
Asordinados
La ropa
expresa desde sus capas más ostentosas (el traje de gran
soirée) y desde las más íntimas. Quien no sabe
escuchar su voz asordinada no entiende un espectáculo. En
el filme Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958) Kim Novak lleva
sostén cuando encarna a una gran señora, imagen idealizada
de la mujer, emparentada con •la madre arcaica. En el mismo film,
la actriz usa el pullover directamente sobre el torso para interpretar
el rever’ so del anterior personaje: la mujer cotidiana, un tanto
degradada, la "piclc-up".
Entender
estos signos susurrados no sólo es importante para la lectura
de un film: contribuye a la comprensión de la sociedad
en que se vive. Por su contigüidad con las zonas sexuales,
la ropa interior debe resolver una cuestión que en las culturas
de las diferentes épocas se plantea recurrente-
mente
como problemática. Alejar o provocar ideas sexuales ha sido
el dilema de la moda occidental a través de los siglos. Sin
embargo, la alternativa es más aparente que real. El propio
hecho de cubrir los atributos sexuales con el ma9br cuidado es un
modo de atraer la atención hacia ellos. Renato Seguritá
(1976) pone por ejemplo el "seno único" de las mujeres
de .Scanno o ciertas ‘bolsas genitales9 de los
gentil hombres del siglo XV. que sobresalían de forma muy
llamativa y coloreada sobre las calzas lisas y ajustadas.
Metáfora-metonimia
de la intimidad
masculina
Dichas
bolsas constituyen una excepción relativa. En el caso del
hombre, la sexualidad tiende a concentrarse en un punto. Por eso,
la moda, más que recurrir a la prenda íntima para
expresarla (lo que sería demasiado obvio) se refugia en esa
metáfora-metonimia que es el acceso-no: corbata, reloj, cadena,
sombrero de copa, bastón... Metáfora: transporte de
semas análogos (longitud, grosor, etc.) que van del miembro
viril al bastón o a la corbata. Metonimia: deslizamiento,
desde el centro de irradiación semántica, hacia algo
alejado del sexo o fuera del cuerpo, que significa sólo tangencialmente.
De ese modo, del órgano masculino, los significados se desplazan
amortiguándose. Así, en el siglo IX, aparecen en Francia
los zapatos llamados "poulaines’, que se prolongan hacia
adelante en un espolón grueso y alcanzan, en algunos casos,
hasta 50 centímetros. Con el tiempo. semejantes puntas van
irguiéndose. como veladas figuras del deseo masculino. Esta
moda, surgente a nivel subliminal de lo que la moda masculina no
subraya, se difunde con sintomática velocidad por Europa.
En el presente, los integrantes del grupo musical barcelonés
"Locomía" también han escogido llevar zapatos de puntas
prominentes. Dado que sus integrantes se auto definen como homosexuales,
no es difícil leer en dichas puntas otros tantos homenajes
al falo.
Mujer:
una intimidad
señalizada
El miembro
viril puede ser un poco exagerado o caricaturizado a través
de los comparantes escogidos para figurarlo. Pero en exageración
o caricaturización, hecha a través del zapato o del
accesorio, se suavizan. Un fenómeno diferente ocurre con
el sexo femenino. Este está oculto y la sensualidad de la
mujer se expande difusamente por la superficie de su cuerpo. La
ropa interior no envuelve un sexo propiamente dicho, pero indica
zonas erógenas que también encarna. Así,
en ocasiones, exageración y caricaturización son directas.
(Pensemos en los bustos de las divas del cine italiano de los años
50, en las nalgas de algunas actrices de Fellini, en los escotes
de las vedettes argentinas del teatro "Maipo.) Sin llegar
a casos extremos, un objetivo principal de la ropa interior femenina
ha sido, durante siglos, señalar la propia presencia, destacar
del fondo, recalcar, a veces con enorme insistencia, determinadas
partes del cuerpo, denotar con un lenguaje que a menudo está
precisamente codificado, algunos significados y connotar otros de
forma menos explícita pero menos observable.
Presencia
social del hombre
No son
sólo razones sexuales las que determinan las diversas poéticas
del vestir Intimo del hombre y la mujer. La presencia social masculina
durante siglos ha sido diferente a la femenina. Como lo ha señalado
el sociólogo británico John Berger (1972), el cuerpo
viril está relacionado con el poder virtual que representa.
Por lo tanto, está volcado al exterior y sugiere lo que éste
o aquel hombre son capaces de hacer. Así, aparece rodeado de
objetos que constituyen sus instrumentos, sus conquistas o sus pertenencias:
los efectos de su acción sobre el mundo. Escuchemos el análisis
que propone Berger de Los embajadores, retrato del pintor renacentista
Holbein (1497-1543). ¿Qué relaciones mantienen estos
hombres, cuyos ojos parecen mirar el horizonte de tierras lejanas,
con el resto del mundo? Los objetos depositados sobre los muebles
que los rodean informan sobre su rango y la ambiciosa importancia
de su trabajo. Instrumentos científicos que sirven a la navegación:
es la época en que las rutas oceánicas se abren al comercio
de esclavos y a los negocios que llevarán a Europa la riqueza
de otros continentes. El globo terráqueo figura la amplitud
de los viajes. El libro de aritmética, el de himnos y el laúd
señalan a estos hombres como protagonistas de una cultura que
se pretende la más avanzada del mundo.
En el
mismo sentido, Roland Barthes (1970) ha hecho análisis clásicos
de "composiciones de objeto" que representan una presencia
masculina. Ventana abierta sobre techos de teja, paisaje de viñedos.
Ante la ventana, un álbum de fotografías, una lupa,
un jarro de flores. Se trata de François Mauriac en Malagar.
Los elementos exteriores desarrollan el tema de los vínculos
que relacionan la literatura del novelista con la tierra de Francia.
Otras veces, es el cuerpo masculino el que significa. Pero el foco
de irradiación semántica no está en el cuerpo
mismo sino en la actitud corporal. Así, éste se expande,
sale de sí mismo, se trasciende. Es el caso de una fotografía
periodística tomada a John Kennedy durante la campaña
presidencial. Los ojos, hacia lo alto. Las manos, juntas. El mensaje
no está en lo físico, sino en lo dinámico,
en la acción, que connota espiritualidad, pureza, proyección
de futuro.
Mujer:
una poética de la inmanencia
En cambio,
en el caso de la representación pictórica o fotográfica
de la a mujer, existe una larga tradición en que ésta
aparece como coincidente con su cuerpo, inmanente a él. El
cuerpo femenino suele constituir un espectáculo que invita
a la ensoñación o a la posesión. John Berger
nos propone el análisis de Nell Gwynne, amante del Rey Carlos
II de Inglaterra por Lely (1618-1680). Frontalmente expuesta a los
ojos del fruidor, con el sexo ligeramente velado por una tela de
suave textura, ella aparece sometida a los sentimientos y exigencias
de su propietario (el de la mujer y el del cuadro). Pero, más
allá de esta lectura feminista, observemos la composición
de este retrato. Al lado de la mujer, hay un niño pequeño,
que parecería un Cupido. es decir, un símbolo de la
irradiación erótica de este cuerpo, un agente de reunión
con el cuerpo de su amante. Detrás, un paisaje convencional
de colinas. Al lado, una forma ornamental, una suerte de ánfora,
que repite graciosamente las curvas del cuerpo de la joven. Ella
está reclinada sobre una especie de lecho tendido sobre la
hierba. La cabeza y la espalda descansan sobre almohadas. El cabello
suelto, cae a lo largo del brazo. Este está en posición
de abandono y sigue blandamente la línea del lecho. Las piernas,
ligeramente abiertas, dejan ver el interior de los muslos. La mirada
dcl pequeño Cupido contempla vagamente el sexo semioculto
bajo la seda. Esta se extiende hasta confundirse con el verde prado.
La mujer es su cuerpo. Lo femenino se funde con lo natural. Todos
los elementos que rodean la figura central continúan por
semejanza, por indicación o por proyección, su poder
erótico. La actitud de la mujer es de entrega y de espera.
Nada en la composición del cuadro ni en la posición
de la figura femenina indican acción, función social,
trascendencia de lo físico.
Pensemos
ahora en algunas de las más famosas fotos de Marilyn Monroe.
Primero, el publicitado desnudo del almanaque, realizado por el
fotógrafo Tom Kelley (1949). El cuerpo está extendido
lateralmente, permitiendo apreciar las suaves curvas de brazos,
pecho, vientre, nalgas. Una pierna ligeramente plegada, como la
de NeIl Gwynne, permite ver al interior de un muslo. El cabello,
expuesto sobre el raso rojo, forma una espectacular corona. La boca
muy roja, está entreabierta. Los ojos se vuelven hacia el
espectador que la mira desnuda. Detrás de Marilyn no hay
una panorámica. A su alrededor, ningún objeto que
describa su que hacer, sus preferencias, su identidad. Sólo
está el brocado sobre el que su figura se reclina. La segunda
foto elegida, tomada por el fotógrafo Douglas Kirkland (1962)
muestra a Marilyn extendida sobre el vientre, envuelta en sábanas,
de las que emergen los hombros, los brazos y parte de la espalda
desnuda. Está en actitud de abrazar una almohada. Los labios,
entreabiertos en una sonrisa de deleite. Los ojos, entornados. El
filtro aplicado a la cámara difumina la luz de tal suerte
que el tono platino de los cabellos de la actriz tiende a confundirse
con los pálidos matices de las sábanas. De nuevo,
fuera del cuerpo femenino y del lecho que lo sostiene y continúa
hasta casi fundirse sintomáticamente con él, no hay
objetos. El cuerpo es sólo él. Ajeno aún a
la actividad de su propio deseo, se entrega en espectáculo.
La mujer es deseable, no deseante.
En 1960.
Cecil Beaton fotografió a Marilyn Monroe en Nueva York. Se
trata de un plano medio que la muestra extendida de frente sobre
un fondo impreciso. El cuerpo se expone frontalmente, cubierto por
una textura suave y también indefinible, de la que emergen
desnudos los brazos y los hombros. La cabeza está ligeramente
girada hacia la izquierda y los ojos, fijos en su contemplador invisible,
al otro lado dé la fotografía. El tallo de un clavel
atraviesa en diagonal el pecho de la actriz, que lo sostiene con
ambas manos abiertas. La corola va a posarse sobre la piel desnuda.
Manos como capullos, piel como pétalos, mujer como flor,
mujer como... Como no es ella. Mujer suavidad, curva, perfume, sonrisa.
Conjunto de fragmentos deliciosos que excluyen la totalidad. En
esta tradición de la representación femenina, ella
es la gran eludida, fantasma referencial, abandono sin presencia.
Esta
no es la única corriente de figuración pictórica
y fotográfica de los sexos. (Por ejemplo, en las últimas
décadas, John Travolta, el primer Burt Reynolds y la revista
Play-GirI han ilustrado un hombre-cuerpo.) Pero es una de las más
caudalosas e importantes. En ella, el hombre es efecto, consecuencia
sobre el mundo. Y la mujer, ensoñación masculina en
torno a una ausencia. Análoga al deleite. Irradiación
de la delicia. Pero no idéntica a sí misma.
Hilia
Moreira
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