
No es novedad que el trabajo doméstico (TD) ha sido históricamente realizado por mujeres, sea al interior de hogares propios – como consecuencia de la división sexual del trabajo -o en hogares ajenos- como forma de sustento. Tal vez por ser una actividad altamente feminizada, ha sido también invisibilizada, desvalorizada y precarizada, a pesar de su innegable valor para el desarrollo de toda actividad humana: nada en el mundo funcionaría si alguien no limpiara, cocinara, lavara, fregara y cuidara.

