LA HIPOCRESIA SEXUAL DE LA IZQUIERDA URUGUAYA - Cotidiano Nº1 - Epoca II

 

"Eramos pocos y mi abuela tuvo trillizos fue el comentario de un amigo cuando le dijimos que íbamos a escribir un artículo cuyo tema fuera la hipocresía sexual de la izquierda uruguaya. Desde su punto de vista ya era bastante con lo del modelo de socialismo que queremos como para venir a agregar otro gato encima de la mesa. ¡Oh casualidad! Para este amigo, como para la mayoría de la izquierda, la sexualidad sigue sin tener nada que ver con la sociedad a la que aspiramos y el cambio, pese a derrumbes varios, se sigue pensando sin los sujetos que lo harán posible. El feminismo, por el contrario, ha construido su utopía liberadora apelando a la transformación en las relaciones humanas como un componente fundamental de ese otro cambio que nos hará definitivamente libres, iguales y fraternos, y es por eso que uno de sus principales aportes está en el llamado a relacionar la vida cotidiana y personal con los ideales por los cuales se lucha.

Pero bueno, ¿es hipócrita la izquierda uruguaya en lo que hace al tema de la sexualidad? Decir que sí significaría sostener que tiene un discurso, un pensamiento liberal o conservador, y una práctica opuesta. Si temiéramos asumir esta incoherencia tendríamos que decir que en realidad la izquierda es muchas veces reaccionaria porque tanto en su discurso como en su práctica tiene una visión conservadora, puritana y tradicional con respecto a la sexualidad.
 
 

Y eso sería tanto como decir que en algunos casos la izquierda y la derecha se parecen demasiado. ¿Y entonces por qué no hablar de la hipocresía uruguaya en general? O mejor. ¿por qué no hablar de la hipocresía sexual de la derecha?

En la medida en que la derecha no simboliza una utopía de sociedad liberadora (todo lo contrario), su representación de valores en relación a la sexualidad forma parte de un todo coherente con la conservación del status quo de las desigualdades y la opresión; por lo tanto, en su sociedad, la hipocresía se transforma en un valor necesario que asegura el orden de las cosas. Vamos a hablar de la hipocresía sexual de la izquierda uruguaya porque formamos parte de esa izquierda y porque sostenemos que la lucha por el socialismo supone una profunda revolución cultural que no puede darse el lujo de obviar un tema que hace a la esencia de las relaciones humanas. Para mejor entendernos, dividiremos a los hipócritas en dos grupos:
 
 

Hipócritas 1

A este grupo pertenecen los que, teniendo un pensamiento político global progresista, tienen también un pensamiento y una práctica reaccionaria no sólo en cuanto a la sexualidad sino, en general, con respecto a las formas de las relaciones personales.

¿Se puede ser socialista, avanzado, renovador, progresista, en la formulación de políticas estatales y al mismo tiempo retrógrado y conservador en cuanto a la sexualidad de los individuos? ¿Se puede hablar del hombre nuevo y tener la cabeza del hombre viejo? La respuesta es sí, claro. Y, si no, basta recordar las declaraciones del diputado Francisco Rodríguez Camusso con respecto a la exposición de Larroca que el intendente Elizalde prohibiera por considerarla excesivamente erótica.

Generalmente, esta combinación entre progresista para una cosa y conservadores para otra se da de un modo grotesco y burdo, pero las más de las veces simplemente pasa desapercibida por insertarse en los parámetros que estamos acostumbrados a sentir como naturales en un mundo organizado sobre alienaciones varias. Así, es común que nadie salga a protestar si Fernández Huidobro (M.L.N. Tupamaros) para denigrar a algún adversario utiliza el término "homosexuales de la política", o si refiriéndose a las relaciones entre el país y los partidos políticos trata al primero de prostituta y a los segundos de porteras de quilombo. Somos todos muy de izquierda pero nos sumamos a la discriminación de los homosexuales (¿cómo era aquello de los Derechos Humanos?) y usamos con total impunidad una doble moral sexual según se trate de hombres o de mujeres. Siempre queda bien cuestionar a la hermana de la Coneja, ya se sabe que a nosotras se nos debe exigir conducta moral mientras aplaudimos al macho que la hizo quedar allá por la Ciudad Vieja.

Todos asistimos contentos a la renovación de la murga tradicional y aceptamos in totum ese modo de comunicación que lleva hacia la cultura popular el campo de nuestras luchas. Lo increíble es que. esquizofrénicos como estamos, aplaudimos también los cánones morales burgueses que la misma murga progresista quiere derrocar. En el mismo saco de la sátira política van los estereotipos de la mujer y los homosexuales como modo de producir la risa fácil.

Es en esa condena a la libertad sexual donde el mensaje liberador se vacía de contenido y resulta reducido a mera retórica porque ¿qué queda después? Puede que ayude a modificar el comportamiento electoral de los espectadores, puede que difunda algunas verdades escondidas por el oficialismo, pero seguramente la cultura alternativa debe pretender bastante más que eso. Si no, el hombre seguirá pensando que una cachetada bien puesta a su mujer forma parte de sus derechos, que los maricas sirven para provocar la risa, que menos mal que hay putas así podemos usarlas... Y ya que estamos, ¿cuántos hombres de la izquierda consideran a la prostitución como una lacra social en sus discursos y son clientes en las esquinas? ¿Cuántos se llenan la boca hablando de la patrona compañera y a escondidas mantienen otra relación? ¡Ojo!, a cada quien según su necesidad y de cada quien según su capacidad: estamos hablando en contra de la hipocresía, no a favor de la monogamia, que es cuestión de gustos.

En fin, serían tantos los ejemplos que mejor pasamos al otro grupo.
 
 

Hipócritas II

En estos la incoherencia se da al revés. Mantienen una práctica liberal y un discurso deliberadamente conservador. Son a veces hipócritas por convicción, es decir, voluntariamente. Parten de la base de que ser de izquierda está, pese a todo, socialmente aceptado, mientras que serlo también en lo cotidiano y personal, en el plano de la sexualidad, por ejemplo, no está legitimado. Saben que tener un discurso conservador con respecto a las relaciones sociales (padre autoritario, madre abnegada, hijos obedientes) allana el camino para la aceptación de las ideas políticas globales de la izquierda. Como ilustración de lo dicho, basta con que nos preguntemos

por qué después de que Engels habló de la construcción de una nueva familia ningún partido político progresista intentó elaborar una teoría acerca del tema. Así fueron olvidados los aportes críticos de los clásicos en torno a la opresión de género y el estalinismo bendijo la moral conservadora como práctica para la izquierda.

En este grupo se encuentran los que en sus programas de gobierno reivindican, por ejemplo, la legalización del aborto, pero en las campañas electorales prefieren no agitar las aguas por las dudas de que el tema reste votos, y se encuentran, por supuesto, aquellas mujeres que habiendo abortado se oponen a su legalización porque estar a favor públicamente tal vez conlleve la censura social.

El referente de la izquierda es un hombre adulto, heterosexual, blanco, casado, padre de dos hijos. Desconoce al resto de los sujetos sociales y entonces reduce la realidad a un estereotipo que le impide transformarla en un sentido revolucionario. La reflexión teórica feminista, centrada en la búsqueda de las relaciones entre lo privado y lo público. entre lo personal y lo político, abre un espacio para pensar en los seres humanos con toda su integridad y para descubrir las opresiones ocultas en la ideología dominante y en los grandes lemas de igualdad, libertad y democracia, bases de nuestras sociedades occidentales y cristianas.

Es justamente en esta prolija separación de campos entre lo público y lo privado donde se ejerce y reproduce la opresión de las mujeres (los jóvenes, las minorías raciales, sexuales, etcétera) y es por eso que los temas que hacen a nuestra liberación no pasan sólo por en qué manos están los medios de producción sino también por si somos dueñas o no de nuestro cuerpo, nuestra sexualidad, nuestra capacidad reproductiva. Nuestra historia de opresión está tan ligada a la propiedad de los bienes como al valor de la maternidad. Compradas, vendidas, casadas sin consentimiento, repudiadas por estériles, lapidadas por adúlteras, subordinadas al padre y al marido, tapado el rostro para que no nos vean, extirpado el clítoris para que no gocemos, las dificultades para ser reconocidas como personas, al decir de Franca Basaglia, han estado ligadas esencialmente a nuestro cuerpo y a su función natural mientras que la sexualidad masculina ha sido identificada a priori con la potencia y el dominio.

La izquierda se ha olvidado del objetivo primero y último de hacer política de izquierda: transformar las relaciones sociales actuales en aquellas que impliquen construir al hombre y la mujer nuevos. No se ha preocupado de acortar la distancia entre lo público y lo privado y por eso es incapaz de conocer, comprender y hacer suyas las reivindicaciones de todos lo oprimidos, sean estos obreros, empleados públicos, trabajadores rurales, jóvenes, mujeres, negros, homosexuales, piscianos o daltónicos.

Mientras la hipocresía subsista: ¡Patria o Muerte, Perderemos!
 
 

Lucy Garrido