"Mi habitación, mi celda"
Lilián Celiberti
Lucy Garrido

EL AFUERA , EL AFUERA
 

Estamos en 1983. ¿Cómo se vivieron las primeras libertades?
 

La salida planteaba inseguridad. Las cosas acantonadas aparecían de pronto en primer plano. Una cotidianidad sustancialmente distinta sustituiría a ésta, conformada también de hábitos y manías.

La familia, la vida de pareja, la sexualidad, el trabajo, la inserción social, eran apenas ilusiones construidas en la desinformación. Y esta vivencia intransferible se daba en un medio que permanecía. Vos te ibas pero otras quedaban y esas otras eran muchas veces más próximas que tu familia o tu pareja. Esas otras formaban parte de tu historia de años, habías reído y llorado más con ellas que con cualquier otra persona. En ese momento, más que nunca, querías que la cárcel misma desapareciera, querías llevarte a todas.

Para las que quedaban era una forma de salir. Puede parecer retórico pero creo que la mística también es necesaria, y en un mundo cerrado es una forma de apertura.

En ese período, por otra parte, se había consolidado la actitud de resistencia. No se acatan las órdenes, se rompen una y otra vez los acrílicos de las ventanas, no se acepta la incomunicación con el exterior y, entre nosotras, se grita, se saluda, se pasa información, se actúa con mayor libertad y menos condicionamientos. Pero también se vive en tensión. Muchas energías se liberan en este enfrentamiento que a la vez produce desgaste. Las enormes barreras de autodefensa construidas son difíciles de derribar y se prefiere pensar que los signos exteriores son promisorios pero no definitivos. Quien tiene para veinte años y lleva doce, prefiere no desmoronar sus defensas para no destruirse.

Máxime si al mismo tiempo en que algunas empezaban a salir, otras eran recientemente detenidas y torturadas.

Sí. A veces resultaba difícil hacer un análisis objetivo. Los familiares, cuando las elecciones internas de los partidos políticos, nos habían pasado algunos programas de radio y sabíamos de las caceroleadas y las protestas, de las misas por los desaparecidos y el comité de madres y familiares, los reclamos de amnistía... pero también en el 83 detienen a cerca de veinte estudiantes de la UJC y los torturan y nos enteramos de la violación de una muchacha en el Departamento 6<>. En el 84 procesan a una compañera por pertenecer al PVP y matan al Dr. Roslik en las torturas. Se pensaba que la libertad de los presos era una carta política y se sabía que dependía de la fuerza de las organizaciones populares el logro de la amnistía.

La razón pesaba pero, mientras tanto, los signos cotidianos no habilitaban una lectura tan simple.

¿Cómo viviste tu salida?

Cumplía la pena el 21 de noviembre y estaba absolutamente segura de que iba a salir y no me iban a retener como lo habían hecho en 1973, pero lo vivía con cierto sentimiento de culpa porque, por más que tuviera la seguridad de que la dictadura no iba a durar mucho más, me pesaba la realidad de tantas compañeras y, en especial, de las que estaban en mi sector, viviendo juntas desde hacía tantos años.

¿Y cuando se iba acercando el 21 de noviembre?

Lo vivía tratando de hacer cosas para poder dejárselas. Cosas de pronto tontas pero que eran las que tenía. Bordarles, regalarle a cada una algo, repartir la ropa (eso lo hacían todas, nadie se llevaba nada). El uniforme nuevo se lo dabas a alguien para que lo "heredara", las frazadas, los objetos que querías y habías podido salvar de las requisas durante años. Un pañuelo de un calabozo que tenía valor porque alguien lo había hecho para vos bordándole gaviotas con los hilos que le robara a una toalla...

Pero bueno, por más complejo de culpa y angustia que tuvieras por las que se quedaban ¿querías salir o no?

¡Claro que quería! Y además me parecía muy interesante poder vivir ese momento del país en que todavía no estaba todo resuelto pero que a la vez era riquísimo. Sería bueno poder integrarse a ese proceso de reorganización y lucha callejera. Me parecía el mejor momento para la libertad, podía estar en las caceroleadas, ver qué era aquello, oír cómo sonaba, cómo se organizaba la gente.

¿Y no tenías otros miedos más cotidianos tales como no saber dónde vivirías, cómo sería el reencuentro con tus hijos, si tendrías trabajo?

No, no me daba miedo. Pensaba que me iba a encontrar con gente que hacía años no veía, con compañeros de mi partido, de magisterio..., quería ver cómo se juntaban los distintos pedazos. Saber cómo trasmitías vos las vivencias que habías tenido como presa y cómo incorporabas lo que los demás habían vivido, cómo nos trasmitíamos la confianza.

En el plano personal no pensaba demasiado qué era lo que me iba a pasar. Sabía que no iba a poder colmar todas las expectativas que mucha gente tenía sobre mí; sabia que Camilo no estaba y que cuando saliera me iba doler mucho más no verlo que casi no haberlo visto en tan pocas visitas... Quería ir a buscarlo a Italia pero también sabía que quería vivir en Uruguay y que no podría irme y volver cuando la dictadura ya no estuviera. Con Francesca sabía que también sería difícil: una cosa es ser madre cada quince días, cada mes o cada seis meses (como llegó a pasar en algunos períodos) y otra es estar conviviendo, empezando a conocerse y contradiciendo. Además, por la propia dinámica de resistencia que había vivido en la cárcel, mis necesidades iban más allá del ser madre.

El día que salí había en mi casa veinte periodistas brasileros con la televisión y durante diez días estuve haciendo cosas que me alejaron de lo cotidiano. Viví como en otro mundo, salía de una cárcel y ese mismo día estaba hablando para una televisión extranjera con un montón de gente que no conocía y que me demostraban cariño y solidaridad. Esas cosas descolocan un poco. Entrevistas, entrevistas y entrevistas, algo que parecía no tener que ver con el mundo del que salías en donde, si te pasaban información, te cortaban la visita o te llevaban al calabozo. A los pocos días fue el acto del Obelisco y me encontré, pese a la clandestinidad de tantos, con compañeros con los que estuvimos horas hablando y veía gente, veía gente y veía gente. Todo era contar y que te contaran... En febrero fui a Brasil, y otra vez lo mismo:

el recibimiento, la reconstrucción del secuestro, la prensa y entrevistas, entrevistas y entrevistas.

Y en toda esa locura, ¿Francesca dónde encajaba?

No encajaba. Ese fue uno de los problemas. No encajaba demasiado en todo eso. Recién al volver de Porto Alegre fue que pudimos tomarnos unos días, encontramos casa, nos mudamos y empezamos a hacer una vida distinta. Viviendo solas, empezamos en marzo una relación que desde noviembre no habíamos podido tener y que, desde 1978, nos habían robado.

Tremendo problema el lograr integrar el adentro y el afuera ¿no?

Todas las cosas eran nuevas y eso te exigía una enorme energía para poder absorberlas y vivirlas, y creo que eso solo se podía hacer si mantenías ciertas cosas como cerradas. Ciertas compuertas que debías abrir y que te implicaban un gran esfuerzo, dependían de que cerraras otras. Me encontraba con las compañeras de Punta de Rieles en algunos actos y manifestaciones pero, en la medida en que no desarrollaba la relación, cada vez te encontrabas menos y tenias menos para hablar. Fue un proceso natural porque, además, ninguna de nosotras estaba en condiciones de sobrepasar el anecdotario y de ubicar lo que habla vivido en ese contexto tan complejo y múltiple que era la libertad con todos sus requerimientos en el Uruguay de 1985.

En tu caso, hubo mucha publicidad. Esa especie de "fama", de presencia pública, ¿Qué implicó para vos?

Mi caso no tiene nada que ver con mi persona. Toda esa campaña se hubiera dado también con otra compañera o compañero que hubiese estado en ese tiempo y en ese lugar y bajo las mismas circunstancias.

El hecho de que la gente te conozca te pone en situaciones que muchas veces te hacen sentir incómoda porque no es fácil estar en esa situación y decir: "Bueno, entonces... ¿yo qué hago con esto?". Sobre todo al no ser un patrimonio personal que hayas ganado.

Aunque te rías, creo que en esto también siento la discriminación, porque en los casos de los compañeros varones que estuvieron presos y por los que también se hicieron campañas internacionales que repercutieron en la prensa, como la mayoría eran dirigentes, la "popularidad" que les agregaron esas campañas se legitimó por su misma calidad de líderes. En cambio, cuando esto sucede con una mujer, la cosa es más complicada exteriormente y en su vida personal.

Sentís satisfacción cuando una cosa que hacés sale bien, pero prefiero que sea en el plano de las iniciativas concretas y no en el de explotar un conocimiento público. Creo que siempre, para una mujer, el de la presencia pública es un tema difícil, y más cuando no es el resultado de algo que realizaste sino por algo que "te hicieron".

¿Te sentís una víctima?

Sólo en tanto ciudadana de este país que sufrió una dictadura. Pero desde que elegís el camino de enfrentarla, la pasividad que la palabra "víctima" lleva implícita, se acaba.

Pese a ellos, cada una de nosotras crecimos en la experiencia de actuar, pensar y decidir. En ese mundo de blanco y negro donde los matices eran muchas veces peligrosos, se pudo abrir un espacio para la creatividad y la ternura. Muchas compañeras fueron, durante esos años, pilares de esa construcción.

Intuitivamente sabíamos que la represión actuaba con nosotras de manera específica, que el Comandante Cresci y el Capitán Silveira habían mantenido una continuidad en la conducción del penal, procesando la información que nuestras pautas de conducta ofrecían. Sabíamos que las reestructuras no eran casuales, que no lo era el armado de una celda, y sabíamos mucho más empíricamente acerca de nosotras mismas, pero carecíamos de un bagaje teórico para conocernos como mujeres y trabajar, también en ese plano, la propia experiencia.

El límite estaba en nosotras mismas. El mundo exterior nos era ajeno y aparecía como la condensación de todo lo que en ese momento no teníamos. El ansia de privacidad de cada una, después de pasar años viviendo colectivamente, acentuaba la aspiración de una vida corriente y simple, una casa como cualquier otra, la familia, los hijos...

Durante años estuvimos juntas y el caudal enorme de la efectividad fue nuestra mayor fuerza y riqueza, pero nunca pudimos abordar como tema político lo que significaba ser mujeres en una cárcel. Muchas veces escuché decir:

"Los hombres no se complican tanto la vida" y en el fondo de ese comentario había una admiración ancestral hacia el varón y su capacidad de ser más militante y más simple. También allí el mundo subjetivo era privado, y también, entre mujeres, los dramas sociales que vivíamos como género eran problemas personales. A la libertad salimos con un patrimonio de gestos, de canciones, de fuerza y entusiasmo, pero ese equipaje valía poco ante las "reglas de juego" del afuera. La seguridad conquistada en lo colectivo más de una vez trastabillaba: ¿qué valor tuvo todo aquello? ¿a quién trasmitirlo?

Al rehacer la vida, en todos los terrenos se emprendía una lucha despareja. Tal vez todos, hombres y mujeres, vivíamos nuestras heridas con pudor y algunas compuertas las cerramos expresamente con candado. Todos teníamos mucho que hacer, insertarnos, fortalecer nuestras organizaciones políticas y sociales, conseguir trabajo, vivir nuestra afectividad y, la mayoría de nosotras, volver a ser madres o serlo por primera vez.

Aquel protagonismo ya no nos pareció tan importante: en política, las reglas son otras y tal vez la mayoría haya sentido que la experiencia vivida no nos había capacitado especialmente para seguir siendo hacedoras.

Para rescatarlo en todos sus grises fue necesario reconocernos en otros rostros, en otros gestos, en otras manos y sabernos capaces de inventar la alegría, siempre.
 
Indice "Mi habitación, mi celda" Siguiente